
Un estudio publicado en Nature Sustainability alerta de que los embalses del planeta pierden un 7,3% de su capacidad cada década. Galicia, pese a ser considerada la tierra del agua, sufre una silenciosa pérdida de almacenamiento que ya compromete el abastecimiento futuro de cientos de miles de personas.
Durante décadas, Galicia ha construido su identidad alrededor del agua. La lluvia, los ríos caudalosos y los grandes embalses han convertido a la comunidad en sinónimo de abundancia hídrica. Sin embargo, bajo la aparente tranquilidad de sus pantanos se esconde una amenaza silenciosa que avanza año tras año y que podría poner en riesgo el abastecimiento de agua, la producción hidroeléctrica e incluso la seguridad frente a las sequías.
Un estudio internacional publicado recientemente en la prestigiosa revista Nature Sustainability acaba de poner cifras a un problema que hasta ahora había permanecido prácticamente invisible. La investigación, dirigida por científicos del Instituto de Geografía y Limnología de Nanjing (NIGLAS), perteneciente a la Academia de Ciencias de China, ha elaborado el mayor inventario mundial de embalses jamás realizado, analizando más de 550.000 infraestructuras hidráulicas distribuidas por todo el planeta.
La conclusión resulta demoledora: los embalses del mundo pierden, de media, un 7,3% de su capacidad de almacenamiento cada década debido a la acumulación de sedimentos. Pero el verdadero drama afecta a los embalses pequeños, aquellos con menos de un kilómetro cuadrado de superficie, que representan más del 95% del total y son precisamente los que registran las mayores pérdidas de capacidad.
Y Galicia encaja perfectamente en ese perfil.
El enemigo que nadie ve: el lodo que roba el agua
El responsable de esta pérdida tiene nombre: la sedimentación.
Cada episodio de lluvia arrastra toneladas de arena, tierra, limos y restos vegetales desde las cuencas hasta los embalses. Ese material acaba depositándose lentamente en el fondo, ocupando el espacio que antes almacenaba agua.
El proceso es tan lento que apenas resulta perceptible para la población, pero sus consecuencias son enormes.
Como explica el investigador Liu Kai, uno de los autores del estudio, los embalses "proporcionan agua para la agricultura, el consumo humano, la producción hidroeléctrica y el control de inundaciones". Sin embargo, añade, "con el tiempo el suelo y la arena transportados por los ríos se acumulan detrás de las presas, reduciendo el espacio disponible para almacenar agua y haciendo que los embalses sean cada vez menos útiles".
No se trata únicamente de perder volumen. También disminuye la capacidad para responder ante periodos de sequía, aumenta el riesgo de problemas en la calidad del agua y se reduce la eficiencia de las infraestructuras construidas hace décadas con enormes inversiones públicas.
Galicia: la tierra del agua que empieza a quedarse sin capacidad
Aunque España no aparece entre los 16 grandes puntos críticos identificados por el estudio mundial, numerosos expertos consideran que la situación de los embalses gallegos refleja exactamente el mismo fenómeno.
La mayoría de las presas gallegas fueron construidas hace más de medio siglo y han ido acumulando sedimentos durante décadas sin actuaciones estructurales de gran envergadura para recuperar su capacidad original.
Uno de los casos más preocupantes es el sistema que abastece a Vigo y su área metropolitana.
El educador ambiental Antón Lois advertía recientemente del deterioro sufrido por los embalses de Eiras, Zamáns y Baíña, basándose en estudios realizados por el Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas (Cedex).
Según esas estimaciones, la sedimentación provoca pérdidas de capacidad situadas entre el 0,5% y el 1% anual en muchos embalses españoles.
Aplicando esos porcentajes a la antigüedad del embalse de Eiras, los cálculos apuntan a que podría haber perdido ya más del 30% de su capacidad original.
Durante décadas, explica el experto, estas infraestructuras "han recibido enormes cantidades de áridos y lodos que terminaron depositándose en el fondo".
En otras palabras: el embalse sigue ocupando el mismo espacio sobre el mapa, pero almacena mucha menos agua de la que fue diseñado para contener.
Un problema que afecta a toda Galicia
La situación no se limita al área de Vigo.
Embalses tan estratégicos como Cecebre, que abastece a A Coruña y su entorno metropolitano, o Portodemouros, uno de los principales reguladores del río Ulla, también acumulan décadas de sedimentos.
El geólogo Manuel Lombardero, miembro del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos, estima que numerosos embalses españoles podrían disponer realmente de entre un 10% y un 15% menos de capacidad de la que reflejan las cifras oficiales.
Eso significa que muchos datos sobre volumen almacenado parten de una capacidad teórica que ya no existe, porque una parte importante del fondo está ocupada por barro y materiales sedimentados.
La tormenta perfecta: cuando la sedimentación se une a la sequía
La pérdida progresiva de capacidad sería ya preocupante por sí sola.
Pero el problema adquiere otra dimensión cuando coincide con fenómenos meteorológicos extremos.
Galicia ha comenzado a experimentar en los últimos años episodios de sequía que hace apenas unas décadas parecían impensables.
Durante el verano de 2022 numerosos embalses alcanzaron niveles históricamente bajos, obligando a aplicar medidas extraordinarias para garantizar el suministro.
Aunque 2023 registró una recuperación gracias a unas precipitaciones más abundantes, los embalses de la cuenca Galicia-Costa llegaron a situarse en torno al 77,9% de su capacidad.
Sin embargo, ese porcentaje puede resultar engañoso.
Si el embalse ha perdido una parte significativa de su volumen útil debido a la sedimentación, ese 77,9% se calcula sobre una capacidad ya reducida.
En la práctica, el agua realmente disponible es menor de la que reflejan las estadísticas.
Una amenaza para 2.000 millones de personas
El problema no afecta únicamente a Galicia.
La investigación identifica 16 regiones del planeta donde la sedimentación alcanza niveles especialmente preocupantes.
Muchas de ellas coinciden con grandes áreas agrícolas que ya sufren escasez de agua.
En conjunto, esas cuencas sostienen aproximadamente una cuarta parte de las tierras de regadío del mundo y abastecen directa o indirectamente a más de 2.000 millones de personas.
La pérdida de capacidad de los embalses amenaza por tanto no solo el suministro urbano, sino también la producción de alimentos y la generación de energía hidroeléctrica.
La cuenta atrás ya ha comenzado
Los investigadores lanzan una advertencia especialmente preocupante.
Si las tendencias actuales continúan, más de la mitad de los embalses del planeta podrían ver seriamente comprometida su funcionalidad antes del año 2060.
No se trata de un escenario lejano.
Hablamos de apenas tres décadas.
Un plazo muy corto para infraestructuras cuya vida útil suele planificarse para más de cien años.
¿Existe solución?
Los expertos coinciden en que el problema puede mitigarse, aunque requiere inversiones y planificación a largo plazo.
Entre las medidas propuestas figuran la restauración ambiental de las cuencas para reducir la erosión, una gestión forestal más eficiente, el control del transporte de sedimentos y, cuando resulte técnicamente viable, la extracción periódica de los lodos acumulados mediante dragados.
Precisamente esta última opción genera un intenso debate.
Mientras numerosos técnicos consideran imprescindible actuar en embalses como Eiras o Zamáns para recuperar parte de su capacidad, otros advierten del elevado coste económico de estas operaciones y del impacto ambiental que puede provocar la movilización de sedimentos acumulados durante décadas.
Galicia, ante un desafío silencioso
La imagen de Galicia como una tierra donde el agua nunca falta puede convertirse en una peligrosa ilusión si no se afronta un problema que permanece oculto bajo la superficie.
El barro acumulado en el fondo de los embalses representa mucho más que un fenómeno natural.
Es el síntoma de décadas de falta de mantenimiento, ausencia de planificación y escasa inversión en infraestructuras estratégicas.
Cada metro cúbico perdido reduce la capacidad para afrontar futuras sequías, limita el suministro a hogares y empresas y compromete recursos esenciales para la agricultura, la industria y la producción energética.
El estudio publicado en Nature Sustainability supone una llamada de atención de alcance mundial, pero también un aviso muy concreto para Galicia.
Porque la comunidad que siempre presumió de vivir rodeada de agua podría descubrir demasiado tarde que una parte de esa riqueza ya no está donde debería: permanece enterrada bajo toneladas de lodo acumuladas durante décadas.
Y mientras la sedimentación sigue avanzando en silencio, el reloj ya ha empezado la cuenta atrás.


