El estrecho de Ormuz, la arteria marítima por la que transita aproximadamente el 20% del petróleo y el gas natural licuado (GNL) del mundo, se ha convertido una vez más en el epicentro de una escalada militar entre Estados Unidos e Irán. Los ataques, provocados por Irán tras el colapso de una frágil tregua, han sumido a la región en una nueva ola de incertidumbre, con repercusiones inmediatas en los mercados energéticos globales y la seguridad del Golfo Pérsico.
Antecedentes de una crisis anunciada
La actual crisis no es un hecho aislado, sino el último capítulo de un conflicto que se remonta al 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron una guerra aérea contra Irán y asesinaron a su líder supremo, Ali Jamenei. En represalia, Teherán bloqueó de facto el estrecho de Ormuz, atacando buques mercantes y colocando minas navales, mientras Washington imponía un bloqueo a los puertos iraníes.
Tras meses de enfrentamientos, en junio de 2026 se alcanzó un alto el fuego temporal que incluía la reapertura del estrecho. Sin embargo, el acuerdo resultó ser un espejismo. El 6 de julio expiró una tregua de una semana entre ambas potencias, y los ataques se reanudaron con virulencia.
La escalada de los últimos días
La chispa que ha encendido la mecha ha sido el ataque iraní contra un buque portacontenedores de bandera chipriota en el estrecho, que obligó a su tripulación a abandonar la nave tras quedar envuelta en llamas. Teherán alegó que se trató de "disparos de advertencia" contra una embarcación que transitaba por una ruta no autorizada, y anunció el cierre total del estrecho "hasta nuevo aviso".
La respuesta de Washington no se hizo esperar. El Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) lanzó una oleada de ataques que, según fuentes oficiales, alcanzaron 140 objetivos militares iraníes, incluyendo sistemas de misiles y drones, redes de comunicaciones y puestos de vigilancia costera. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, sentenció en un mensaje: "Irán tomó una mala decisión. Ahora paga".
La espiral de violencia no se ha detenido. El domingo por la noche, Estados Unidos lanzó una tercera ronda de ataques, alcanzando decenas de objetivos, entre ellos sistemas de defensa aérea y radares costeros. Irán, por su parte, ha respondido con ataques con misiles y drones contra bases estadounidenses en Jordania, Kuwait y Bahréin, así como contra aliados de EE.UU. en el Golfo, incluyendo Emiratos Árabes Unidos y Qatar, e incluso contra una plataforma petrolífera kuwaití.
El pulso por el control del estrecho
En el centro de esta confrontación yace una disputa fundamental: ¿quién controla el estrecho de Ormuz? Irán insiste en que ha establecido un "nuevo sistema jurídico y de seguridad" en la vía marítima y exige que todos los buques transiten por sus aguas territoriales. La Guardia Revolucionaria ha dejado claro que cualquier embarcación que intente cruzar debe coordinarse con Teherán.
Por el contrario, Estados Unidos rechaza categóricamente esta pretensión. El presidente Donald Trump afirmó el domingo que el estrecho "permanece abierto al tráfico comercial", y CENTCOM ha insistido en que "Irán no controla el estrecho de Ormuz" y que la actividad marítima "sigue siendo normal". Sin embargo, la realidad sobre el terreno es muy distinta: el tráfico de buques tanque ha caído drásticamente, y solo una docena de embarcaciones han sido autorizadas a cruzar bajo el férreo control iraní.
Consecuencias económicas y geopolíticas
El impacto en los mercados energéticos ha sido inmediato. El precio del crudo Brent subió un 4% el lunes por la mañana en Asia, hasta los 79,07 dólares por barril, mientras que el petróleo estadounidense ganó un 4,2%. Aunque los precios aún están muy por debajo de los máximos de 120 dólares alcanzados a finales de abril, la volatilidad amenaza con regresar si el conflicto se prolonga.
Más allá de lo económico, la crisis pone en jaque la estabilidad de todo el Golfo Pérsico. Los ataques iraníes contra países que hasta ahora habían mediado en las negociaciones, como Qatar, o que permanecían al margen desde mayo, como Emiratos Árabes Unidos, sugieren una escalada peligrosa que podría arrastrar a otros actores regionales.
El futuro de la tregua
El alto el fuego firmado en junio, que prometía la reapertura del estrecho y un plan de 300.000 millones de dólares para la reconstrucción de Irán a cambio del fin de las sanciones, pende de un hilo. Trump declaró que los ataques iraníes significan que "el alto el fuego ha terminado", aunque también ha sugerido que las conversaciones continúan.
Por su parte, el portavoz del Parlamento iraní y principal negociador, Mohammad Bagher Ghalibaf, ha sido contundente: "La era de los acuerdos unilaterales se ha ACABADO". La exigencia de Estados Unidos de que Irán se comprometa públicamente a cesar los ataques y garantizar el libre tránsito choca con la determinación de Teherán de utilizar el estrecho como principal herramienta de presión geopolítica.
El estrecho de Ormuz vuelve a ser el tablero sobre el que se juega el pulso entre dos potencias con intereses irreconciliables. Lo que está en juego no es solo el control de una vía marítima, por estratégica que sea, sino la estabilidad de los mercados energéticos globales y el equilibrio de poder en una de las regiones más volátiles del planeta. Mientras Irán insiste en su soberanía sobre el estrecho y Estados Unidos se niega a ceder, la comunidad internacional observa con preocupación cómo la escalada militar amenaza con desembocar en un conflicto de consecuencias impredecibles.



